Capítulo 6 — El lector del archivo

El ventilador giraba.

El aire del sótano tenía ese mismo olor metálico de siempre: polvo, electricidad, café frío.

Marina miró la pantalla del monitor. La hora no se movía.

Siete con tres minutos.

Frunció el ceño.

El cursor parpadeaba en la hoja en blanco.

Y frente a ella, la carpeta gris, abierta.

En la etiqueta, su nombre.

Y debajo, una línea escrita a mano:

“Autora: M. Torres.”

—¿Otra vez hablando sola? —preguntó Estela, dejando un vaso de café a su lado.

—Sí… —murmuró Marina, sin apartar la vista de la carpeta—. Creo que sí.

—¿Dormiste algo?

—No recuerdo.

Estela sonrió y regresó a su escritorio, como si nada hubiese pasado.

El zumbido volvió, leve, irregular, como una respiración detrás de las paredes.

Marina hojeó el primer documento.

Era un informe con fecha de ese mismo día.

En la esquina inferior, su firma.

“Evento 61. Reinicio exitoso.

Sujeto registrado: M.T.

Estado: activo.”

El papel estaba tibio.

Cerró la carpeta con un golpe.

El ruido resonó más de lo debido.

—Estela —dijo en voz baja—, ¿alguna vez sientes que ya hicimos esto?

—¿A qué te refieres?

—Esto. El archivo. Las carpetas. Las siete con tres minutos.

Estela levantó la vista, pensó un segundo y sonrió.

—Siempre.

Pero luego se me pasa.

Volvió al teclado.

El zumbido se hizo más fuerte.

Marina se frotó las sienes.

Al mirar de nuevo la carpeta, notó que en la contraportada había una frase recién impresa:

“El archivo no termina cuando cierras el documento.

Solo cambia de lector.”


Horas —o segundos— después, el sótano se vació.

Las luces se apagaron una a una.

El ventilador se detuvo.

Marina seguía en su silla, observando el monitor en negro.

Su reflejo temblaba, duplicado, como si otra persona estuviera detrás del vidrio.

Y entonces la pantalla se encendió sola.

Una ventana de texto se abrió en blanco.

El cursor comenzó a escribir sin que nadie lo tocara.

“Marina Torres observa el final de su propio registro.”

“Se da cuenta de que no es la única leyendo.”

“Alguien más está aquí.”

Marina retrocedió en la silla.

El aire se volvió pesado.

El archivo entero vibraba, como un animal dormido que despierta.

“El archivo se mantiene vivo mientras alguien lo lea.”

“Cada lectura crea una nueva versión.”

“Y toda versión requiere un registro.”

Las letras parpadearon.

Y debajo apareció una nueva línea:

“Registro pendiente: Lector.”

Marina tragó saliva.

—No… —susurró—. No puede ser.

Intentó cerrar la carpeta.

Pero el papel se resistió, caliente, casi vivo.

En la primera página, el texto se había transformado:

“Si estás leyendo esto, ya formas parte del inventario.”

El zumbido volvió.

Más fuerte.

Tan profundo que las luces temblaron en el techo.

Estela se levantó lentamente.

Tenía los ojos en blanco.

—Bienvenido —dijo con una voz que no era la suya—.

El archivo te estaba esperando.


Marina gritó, pero el sonido se perdió entre los pasillos.

El aire comenzó a plegarse, a retorcerse en espirales de luz.

Las paredes se abrieron como hojas de un libro.

Cada estante, cada carpeta, cada registro se desenrollaba, mostrando nuevas versiones del mismo momento.

Miles de Marinas, miles de Estelas.

Algunas escribiendo.

Otras mirando directamente al frente.

Todas congeladas en el instante exacto en que entendían la verdad.

En el centro del sótano, una nueva carpeta apareció sobre la mesa.

Gris.

Polvo reciente.

En la etiqueta, las palabras se escribieron solas:

“The Darchives — Registro N.º 62.”

“Estado: en lectura.”

“Sujeto: [sin clasificar].”

La última hoja dentro de la carpeta decía:

“Capítulo 1 — Inventario de errores.”

Y el ventilador volvió a girar.

El zumbido llenó el aire, lento, profundo, familiar.

El archivo respiraba otra vez.


Fin.