Capítulo 5 — La versión que no debió existir
El aire olía distinto. Más denso, más viejo.
Marina abrió los ojos y parpadeó varias veces hasta que las luces del techo se encendieron, una por una, con un chasquido eléctrico. Estaba tendida en el suelo, junto al escritorio.
La carpeta gris seguía allí, cerrada.
Pero todo lo demás parecía... abandonado.
El polvo cubría las superficies como una capa de ceniza.
Las tazas de café estaban secas, agrietadas.
El reloj, inmóvil, seguía marcando las siete con tres minutos.
Se levantó despacio. El sótano no olía igual. Ya no había humedad ni zumbido. Solo silencio.
—¿Estela? —susurró, pero su voz se sintió ajena, como si viniera de otro lugar.
No hubo respuesta.
Caminó hacia la puerta principal del archivo. Esta vez, cedió sin esfuerzo.
La abrió y subió las escaleras, una a una, con el eco de sus pasos rebotando en las paredes.
Al llegar al primer piso, se detuvo.
El pasillo era idéntico al del sótano, pero más limpio, más blanco.
En los estantes, las carpetas tenían etiquetas familiares: su nombre, su firma, fechas que reconocía… y otras que no.
Algunas carpetas estaban vacías; otras contenían fotografías de ella misma: en su escritorio, bebiendo café, dormida sobre el teclado.
En una de ellas aparecía mirando directamente a la cámara.
Frunció el ceño.
Dio un paso atrás.
En la siguiente habitación encontró cintas de audio, apiladas como viejos recuerdos. Tomó una y leyó la etiqueta:
“Sesión 1 — Testimonio de M.T.”
Puso la cinta en una grabadora que descansaba sobre la mesa.
El clic del botón resonó en la habitación vacía.
—Mi nombre es Marina Torres. Estoy dentro del archivo.
Intenté salir, pero cada salida me lleva a otro registro.
Creo que ya lo intenté antes.
No recuerdo cuántas veces.
Marina soltó la grabadora.
La cinta siguió corriendo sola.
—Si alguien escucha esto, no confíe en las paredes.
No son reales. Son versiones.
Y cuando intentes destruir una, el archivo crea otra.
Nadie sale. Solo se reescribe.
El audio se distorsionó hasta convertirse en un zumbido familiar.
El mismo de siempre.
Solo que ahora, venía de todas partes.
Subió al segundo piso.
El pasillo se extendía más de lo que debería.
Había más puertas. Más pasillos. Más luz.
Y dentro de cada oficina, ella misma.
Una Marina escribiendo a máquina.
Otra, revisando documentos.
Una tercera llorando frente a una carpeta abierta.
Y una última, sentada, mirándola directamente desde el otro lado del cristal.
La mujer detrás del vidrio tenía ojeras profundas y una expresión tranquila.
Marina se acercó.
El reflejo no imitó su movimiento.
—¿Quién eres? —preguntó.
La otra respondió con su voz exacta, pero más lenta, más grave.
—Soy la versión que no debiste escribir.
El vidrio vibró levemente.
Las luces parpadearon.
Marina dio un paso atrás.
La otra Marina, la del otro lado, levantó una hoja y la presionó contra el cristal.
El texto estaba escrito a mano.
“No destruyas el archivo. Escríbelo distinto.”
La hoja comenzó a mancharse, como si la tinta se derritiera.
Las letras cambiaron frente a sus ojos.
“Si cierras el registro, se cerrará sobre ti.”
Siguió avanzando.
Cada puerta conducía a un nuevo fragmento de sí misma.
Algunas versiones eran apenas sombras.
Otras estaban congeladas en posturas imposibles, como si hubieran sido interrumpidas en mitad de un movimiento.
En la última habitación encontró a Estela.
O lo que quedaba de ella.
Estaba sentada frente a una lámpara, envejecida, con la piel casi translúcida.
Sus manos temblaban mientras pasaba las páginas de una carpeta vieja.
—Tarde o temprano, todos llegamos aquí —dijo sin mirarla—. Creemos que archivamos cosas.
Pero no.
El archivo nos archiva a nosotros.
Marina dio un paso hacia ella.
—¿Qué es todo esto?
Estela sonrió, apenas.
—Revisiones. Versiones descartadas.
Cada vez que escribes una corrección, el archivo conserva la anterior.
Y cuando te niegas a recordar algo, él lo recuerda por ti.
—¿Y las copias?
—No son copias. Son errores de sincronía.
Cuando el archivo intenta arreglar una versión rota… crea otra.
Estela levantó la vista por primera vez.
—Tú eres una de ellas, Marina.
La versión que no debió existir.
El suelo vibró.
Las paredes se contrajeron como un pulmón que respira.
Las luces parpadearon al unísono.
Marina se agachó y tomó una carpeta vacía del suelo.
La colocó sobre la mesa y, con manos temblorosas, escribió en la primera hoja:
“Marina Torres abandona el archivo.
El zumbido cesa para siempre.”
El papel absorbió la tinta lentamente.
Por un momento, creyó haberlo logrado.
Pero la frase se distorsionó frente a sus ojos, las letras reorganizándose solas.
“Marina Torres registra el final del archivo.”
El sonido volvió.
No un zumbido.
Sino un murmullo múltiple, como si miles de voces repitieran esa línea en todas las habitaciones al mismo tiempo.
Las carpetas comenzaron a abrirse solas.
Los papeles vibraban, escribiéndose con trazos invisibles.
El aire se dobló sobre sí mismo.
Y antes de perder la conciencia, Marina alcanzó a ver cómo el techo se deshacía en luz.
Una luz blanca, infinita, que olía a papel viejo y electricidad.
Cuando despertó, el reloj marcaba las siete con tres minutos.
El ventilador giraba.
Y alguien colocaba dos tazas de café sobre el escritorio.
—Otro día con muertos —dijo Estela, sonriendo.
Marina levantó la vista, confundida.
La carpeta gris estaba frente a ella.
Solo que ahora tenía un nuevo título, en letras frescas:
“The Darchives — Autora: M. Torres.”