Capítulo 3 — Testigo único
Marina apretó la carpeta contra el pecho. Las luces seguían encendidas, pero algo había cambiado. El color del ambiente parecía distinto, como si todo tuviera un tono verdoso, enfermo.
El aire olía a metal.
—Estela… —susurró otra vez.
Nada.
El pasillo estaba vacío.
La grieta seguía brillando débilmente en el muro del fondo, palpitando como una vena bajo la piel.
Marina retrocedió, giró sobre sus pasos y caminó rápido hacia la salida.
Necesitaba encontrar al supervisor, a quien fuera. Alguien debía ver esto.
Al llegar a la puerta principal del archivo, jaló el picaporte.
No se movió.
Giró la manija una y otra vez, pero estaba cerrada desde afuera.
—Vamos, no —dijo en voz baja, empujando con el hombro—. ¡Vamos!
Nada.
Golpeó la puerta.
—¡Hola! ¿Hay alguien arriba? ¡Se trabó la puerta! ¡Oigan!
El eco rebotó entre las paredes, demasiado rápido, como si el sonido no tuviera espacio para escapar.
Y entonces, una voz.
—¿Marina?
Ella giró de golpe.
—¿Estela? ¿Dónde estás?
Silencio.
Y luego, otra vez:
—Aquí.
El sonido venía del fondo del pasillo. Justo donde la grieta.
Marina tragó saliva.
—No, no puede ser.
Dejó la carpeta sobre una mesa y corrió de nuevo hacia el fondo.
La grieta seguía ahí, pero ahora era más grande. Se extendía como una raíz luminosa sobre el concreto.
La luz era más intensa, pero no cegadora. Era como mirar una pantalla desde muy cerca.
Y dentro de esa luz, una silueta.
—Estela… —dijo, temblando.
La figura se movió apenas. No caminó, no respiró. Solo cambió de posición, como si se ajustara dentro de una imagen congelada.
Y cuando habló, la voz ya no era humana.
—No abras el registro, Marina.
Ella retrocedió.
—¿Qué… qué eres?
—El archivo no olvida. Todo lo que se documenta… se completa.
La grieta pulsó con fuerza.
Una ráfaga de aire caliente le golpeó el rostro. El zumbido se mezcló con algo parecido a un gemido, profundo, como si viniera del suelo mismo.
Marina corrió de vuelta al escritorio, tomó la carpeta y la lanzó al suelo. Las hojas se abrieron de nuevo.
Esta vez, los documentos tenían líneas nuevas, escritas con la misma letra que antes.
“21:24. El sujeto M.T. intentó abandonar el recinto.
Acceso denegado.
El archivo ya la reconoció como parte del inventario.”
Marina se quedó inmóvil.
—No —susurró—. No, no, no.
Comenzó a correr por los pasillos, tocando las paredes, buscando una salida lateral, una escalera, una ventana. Pero todo se repetía.
Cada corredor terminaba en otro igual.
Cada giro la devolvía al mismo punto: la mesa, la carpeta, la grieta.
—¡Basta! —gritó—. ¡Déjenme salir!
El zumbido cesó.
Por un instante, el silencio fue total.
Y en ese silencio, un nuevo sonido: pasos.
No los suyos.
Pasos suaves, arrastrados, viniendo desde la oscuridad del pasillo.
Marina se giró lentamente.
Una figura caminaba hacia ella.
Era Estela.
Pero algo en su rostro estaba mal. Su piel parecía húmeda, como si acabara de salir de una piscina. Su ropa goteaba.
Y sus ojos… estaban en blanco, completamente.
—¿Estela? —preguntó con voz temblorosa—. ¿Qué te pasó?
Estela sonrió, pero sus labios no se movieron.
Su voz salió desde el zumbido.
—Ya estamos registradas.
Marina retrocedió, tropezó con la carpeta y cayó al suelo. Las hojas se levantaron con el viento que no existía.
En una de ellas, algo escrito en tinta roja:
“Capítulo siguiente: Duplicado activo.”
Marina levantó la vista, y lo que vio la hizo soltar un grito ahogado.
Frente a ella, dos Estelas.
Una mirándola.
La otra… observando desde el otro lado de la grieta, sonriendo.