Capítulo 2 — El expediente imposible

La luz volvió poco a poco. Los tubos zumbaban, encendiendo uno tras otro hasta que el sótano recobró su apariencia habitual: polvo suspendido, olor a humedad y papeles amarillos.

Solo que ahora, el corredor ya no estaba ahí.

Una pared lisa ocupaba el lugar donde antes se abría el pasillo.

Marina y Estela se miraron en silencio.

—No puede ser —murmuró Estela—. Juraría que...

—Yo también lo vi.

Marina se acercó, tocó la pared. Fría, sólida, sin grietas.

—Debe ser el cansancio —dijo Estela, dando un paso atrás—. Dormí tres horas anoche. Seguro fue una ilusión o algo con las luces.

Marina no respondió. Su mente seguía fija en la caja con su nombre.

La llevó de nuevo al escritorio. La abrió otra vez, más despacio. Dentro, la carpeta gris parecía diferente: más gruesa, más vieja. Un olor a humedad la golpeó.

Sacó el primer documento.

Era una hoja de reporte con fecha del día anterior. En la esquina inferior:

“Autora del registro: Marina Torres.”

La letra era suya.

—Estela, ven. Mira esto.

Estela se acercó con cuidado.

—¿Qué es?

—Un informe mío. Pero no lo escribí.

—¿Qué dice?

Marina leyó en voz alta:

“A las 21:03, el sistema de ventilación cesó. Se detectó actividad en el pasillo C-12, donde una puerta sin identificación se abrió.

No se recomienda intervenir sin autorización.

Archivo pendiente: El registro que aún no existe.

—¿Puerta sin identificación? —repitió Estela—. No tenemos ningún pasillo C-12. Terminamos en el C-11.

—Exacto —dijo Marina, hojeando más hojas—. Mira esto: “Evento 47. Presencia reconocida. Responde al nombre de Estela V.”

—¿Qué?

—Sí. Estás aquí también.

Estela soltó una risa nerviosa.

—¿Y qué más dice?

“Interacción registrada. Estado actual: desaparecida.”

Ambas se quedaron en silencio.

Estela tragó saliva.

—No me gusta esto, Marina.

—A mí tampoco.

Marina siguió revisando los papeles. Algunos estaban en blanco, otros contenían fragmentos de texto incompletos: frases como “Ya no es humano”, “Archivo consciente”, o “Todo lo que se documenta, revive”.

—Esto parece una broma enferma —dijo Estela—. Seguro es cosa del guardia nocturno.

—No hay guardia nocturno desde hace meses —dijo Marina, sin levantar la vista—. Murió el anterior.

—¿Qué?

—Un accidente. Dicen que cayó en el ascensor viejo, el que ya no usamos.

Estela se apartó, incómoda.

—Ok, ya basta. Yo me voy. Esto me da mala espina.

Marina asintió, pero siguió revisando los documentos. En la última hoja había un párrafo escrito con tinta fresca.

“No abras el registro cuando escuches el zumbido. No es el ventilador.”

El aire volvió a vibrar.

Esa vibración sorda, densa, que parecía venir de todas partes.

El sonido del ventilador no era ese.

Marina levantó la vista. Estela no estaba.

—¿Estela?

Silencio.

Solo el eco del zumbido.

Marina se levantó, mirando hacia los pasillos. Caminó despacio entre los estantes, con la carpeta en la mano.

—¿Estela? ¿Dónde estás?

Nada.

Giró hacia el fondo, donde antes había visto el corredor imposible.

La pared seguía ahí. Pero ahora, en el centro, algo brillaba.

Una grieta. Fina, luminosa, como una línea de luz filtrándose desde el otro lado.

Dio un paso más.

La luz pulsó, como si respondiera a su presencia.

El zumbido se volvió un murmullo. Palabras incomprensibles, justo en el borde de lo audible.

—…Marina…

Ella retrocedió.

La carpeta se le resbaló de las manos. Las hojas se dispersaron por el suelo. En una de ellas, una nueva línea había aparecido, escrita en tinta oscura:

“Capítulo siguiente: Testigo único.”

Marina respiró hondo. El aire olía a papel quemado.

—Esto no estaba antes —susurró—. No puede estar escribiéndose solo.

Se inclinó para recoger los papeles, pero la carpeta se cerró sola.

De golpe.

Y de la grieta… salió un aliento caliente.

Como si algo respirara detrás del muro.