Capítulo 1 — Inventario de errores

El zumbido del sótano era constante, como si el aire se arrastrara por las paredes. Los tubos fluorescentes parpadeaban cada pocos segundos, iluminando hileras interminables de estantes metálicos. Marina caminaba entre ellos con una taza de café y una carpeta bajo el brazo. Se acomodó el gafete del cuello y suspiró.

—Otro día con muertos —murmuró.

—¿Muertos o archivados? —preguntó Estela desde el fondo, asomando medio rostro detrás de unas cajas.

—A esta altura es lo mismo.

Estela rió.

—Esa frase va directo al manual del empleado.

Marina se encogió de hombros. En el reloj de la pared, las manecillas estaban detenidas en las siete con tres minutos. Nadie recordaba cuándo había dejado de moverse ese reloj, y a nadie parecía importarle. El archivo era así: detenido en el tiempo, pero vivo de algún modo.

Ambas trabajaron en silencio durante un rato. Solo se oían los clics de los teclados y el murmullo eléctrico del lugar.

—¿Tú escuchas eso? —preguntó Marina sin apartar la vista de los documentos—. Como un pitido… leve.

—¿El del ventilador? Lo escucho desde que entré a trabajar. Si un día deja de sonar, ahí sí me asusto.

—Pues justo eso —dijo Marina—. Hace rato se detuvo.

—Nah, el ruido está en tu cabeza.

Estela se levantó por café. Marina levantó la vista, dudó un momento, y volvió a escribir. El ventilador siguió zumbando… o tal vez ya no.

Pasaron unos minutos. El silencio se volvió tan espeso que podía sentirse en el aire. Marina se frotó los brazos. Algo en la temperatura había cambiado.

Caminó hacia el fondo del archivo, siguiendo el pasillo donde guardaban los expedientes más antiguos. El aire era más pesado allí. De pronto, notó una caja gris colocada en medio del pasillo, fuera de lugar.

—¿Otra vez ustedes jugando con los registros? —dijo, elevando la voz—. ¡Estela! ¿Dejaste esto aquí?

Silencio.

Solo el sonido del zumbido, de nuevo.

Marina se agachó. Tocó la caja. Estaba tibia.

Frunció el ceño, la subió al carrito y la llevó a su escritorio.

La abrió.

Dentro había una carpeta con su nombre, en una etiqueta amarillenta.

Registro pendiente. No clasificado.

Abajo, su firma.

—¿Pero qué…? —susurró—. Esto no puede ser mío.

Estela regresó en ese momento, sosteniendo dos vasos de café.

—¿Ya estás hablando sola? —bromeó, dejando uno sobre el escritorio—. ¿Y esa caja?

—No lo sé. Estaba ahí. Mira… tiene mi nombre.

Estela se acercó, revisó la carpeta.

—¿Lo imprimiste tú?

—No. Y mira esto. Tiene mi firma.

Pero yo nunca escribí esto, Estela. Nunca.

—¿Estás segura?

—Te juro que sí.

Estela se rió nerviosa.

—Tal vez alguien del turno nocturno está bromeando. Ya sabes cómo son. Ayer dejaron una rata muerta en mi taza.

Marina trató de sonreír, pero se le tensó la cara.

—Qué divertido.

El silencio volvió a instalarse.

Solo el ruido del ventilador.

Solo eso… y un leve eco, como si el sótano respirara.

Estela miró hacia el fondo del pasillo.

—Oye… —dijo en voz baja—, ¿siempre ha estado ese corredor ahí?

Marina giró.

Entre los estantes, donde antes solo había una pared, se abría un pasillo nuevo. Oscuro, profundo, con cajas sin etiquetas apiladas a los costados.

—No —dijo—. Definitivamente no.

Caminaron juntas hacia el corredor. Las luces del techo no alcanzaban el final, y el aire se sentía más húmedo. Una gota cayó desde el techo y se estrelló en el suelo. Marina dio un paso más. Estela se detuvo.

—Tal vez deberíamos volver —dijo—. ¿Hola? ¿Hay alguien aquí?

Su voz rebotó varias veces entre las paredes, deformándose.

Luego, el eco respondió.

Pero no repitió sus palabras.

—…registrar… —susurró una voz.

Estela retrocedió.

—¿Escuchaste eso?

—Yo no dije eso —respondió Marina.

El ventilador se detuvo.

El zumbido cesó.

Las luces titilaron una, dos veces, y se apagaron.

Oscuridad total.

Y en el silencio más denso, la voz volvió, muy cerca:

—Te estaba esperando.